viernes, 5 de noviembre de 2010

5 de noviembre: Luis Cernuda


Un día como hoy, en 1963, Paloma Altolaguirre encontraba muerto a Luis Cernuda en el suelo de la habitación donde vivía, en el domicilio mexicano de Concha Méndez. Tenía en una mano la pipa y en otra una caja de cerillas, y a pesar del ataque al corazón, había tenido tiempo de vestirse un batín sobre el pijama, pudoroso hasta el último momento, celoso de su aspecto físico.
Pero no quiero recordar hoy esta muerte, sino la otra que sufrió constantemente ante su encuentro continuo con la belleza. Me refiero, cómo no, al amor. Cernuda es, junto con Bécquer (otro sevillano) posiblemente el poeta que más y mejor ha tratado el amor en su vertiente de lanza que hiere o rayo que nos revoluciona. Que se tratara, en este caso, de amores homosexuales no hace sino destacar lo universal y humano de este sentimiento y despreciar todo tipo de posturas discriminatorias o intolerantes.
Sirva, pues, de recuerdo este poema (no de los más conocidos) sobre el tema, como muestra de una admiración que dura ya más de treinta años.

QUISIERA SABER POR QUÉ ESTA MUERTE...

Quisiera saber por qué esta muerte
al verte, adolescente rumoroso,
mar dormido bajo los astros ciegos,
aún constelado por escamas de sirenas,
o seda que despliegan
cambiante de fuegos nocturnos
y acordes palpitantes,
rubio igual que la lluvia,
sombrío igual que la vida es a veces.

Aunque sin verme desfiles a mi lado,
huracán ignorante,
estrella que roza mi mano abandonada su eternidad,
sabes bien, recuerdo de siglos,
cómo el amor es lucha
donde se muerden dos cuerpos iguales.

Yo no te había visto;
miraba los animalillos gozando bajo el sol verdeante,
despreocupado de los árboles iracundos,
cuando sentí una herida que abrió la luz en mí;
el dolor enseñaba
cómo una forma opaca, copiando luz ajena,
parece luminosa.

Tan luminosa,
que mis horas perdidas, yo mismo,
quedamos redimidos de la sombra,
para no ser ya más
que memoria de luz;
de luz que vi cruzarme,
seda, agua o árbol, un momento.